Hoy me voy a remontar a tiempos inmemoriales, a aquellos en los que alzaba pocos palmos del suelo, a aquellos en los que era bajita (comparado con ahora). Yo por aquel entonces me sentía una niña normal, pero ahora, con el paso de los años y vista mi infancia desde mis 22 primaveras (una, que se va haciendo mayor, y los 23 se acercan peligrosamente) creo que había algo turbio en ella.
Yo a parte de ser la niña alta de la clase, sí, esa que siempre salía en la última fila de las fotos, rodeada de todos los machotes (yo ahí apuntando maneras), era la niña degenerada de la clase. Claro, porque es muy habitual que en primero de primaria, con tus 6 añitos te vayas fijando en los chicos de octavo, o que en tercero te molara el profe de la clase de al lado, ese hombre que nos tocaba la guitarra mientras nos miraba con sus penetrantes ojos azules y nos sonreía a través de su espesa barba rubia (ay, que guapo era, y sigue siendolo, que cuando me lo cruzo por la calle tengo pensamientos pecaminosos y sucios).
Dejemos mi vertiente degenerada, no os quiero asustar tan pronto. En la forma de vestir yo no tenía ni voz ni voto, madre lo hacía por mí, y claro, eran los 80/principios de los 90, así que ya nos lo imaginamos todos, dentro de lo que cabe era normal, con mi chándal de táctel y mis coleteros fosforitos (flúor que se diría ahora, que queda más chic). Ya por aquel entonces gustaba de gastar complementos extravagantes y llenos de personalidad, como bolsitos en forma de corazón y pasadores del pelo con brillantes (recientemente rescatado para mis escapadas nocturnas). Además quería ser arqueóloga, detective o meteoróloga; eso en plan profesional, ya más rollo fantasioso estaba obsesionada con las sirenas, los vampiros y con Estrella de Fuego (una tía que acompañaba a Spiderman y al Hombre de Hielo en unos dibujos que me encantaban).
Efectivamente, era una niña un poco friki (aunque en apariencia totalmente normal, que hasta me gustaron las Spice y todo), y si ya os digo que me sabía al dedillo unos tropecientos dioses egipcios, las 7 maravillas del mundo eran algo increíble para mí y que la mitología me resultaba tremendamente interesantes, pues… (vale, entiendo que a partir de ahora dejéis de hablarme)
No os creáis que en mi vida todo era cultura y frikismo, no, también tenía hobbies, cosas normales de niños. Me gustaban los dibujos animados y esas cosas. Entre mis favoritos estaban, a parte de los anteriormente mencionados Spiderman y compañía, estaban Scooby Doo, La Pantera Rosa, y obviamente, Los Caballeros del Zodiaco. Grandes dibujos éstos últimos, Afrodita de Piscis y Andrómeda eran mis favoritos, luego con el tiempo empiezas a darte cuenta de cosas, y te dices, ahora lo entiendo todo. No puedo olvidar mencionar a alguien clave en mi vida, por aquel entonces sentía una gran admiración por ella, por la gran Jem Superstar (prota de Jem y los Hologramas). Cada día estoy más convencida que gracias a ella luzco el peinado que luzco, lo sé, su influencia capilar estuvo reprimida durante años dentro de mí, hasta que un buen día, no hace demasiado, decidí cardarme el pelo (matizo, cardarme el pelo para salir a la calle, que yo para andar por casa lo hago desde mucho antes). La amiga Jem también tuvo la culpa de mi atracción por los travestis, lo sé, porque a mí nadie mi engaña La Prohibida se inspiró en ella, ese cardado, esos pendientes de estrella que luce en “Flash” (grande La Prohibida, por cierto).
Mi madre, probablemente sin saberlo, fue la culpable de enseñarme algo que ahora me apasiona, la moda. Sí, ella, tranquilamente, sin saber el peligro que se cernía sobre ella y sobre todos los habitantes de la casa (incluso sobre las Barbies) me regaló aquel fantástico juego, el “Diseña la Moda”, bueno, bueno, con aquello llegó el escándalo, la niña todo el día dibuja que dibuja y pinta que pinta. Pero la cosa no quedó ahí, la pequeña creadora necesitaba más, y los días de lluvia en los que no podía salir a la calle pillaba por banda a su madre y a su abuelita y las envolvía en vestidos de papel de periódico con costuras de grapas, pronto el papel se le quedó corto, y la fiebre creacionista se extendió a las Barbies, con retales de tela que iba rescatando de donde fuera… y así hasta hoy que la ya crecidita Reptilia sigue gustando de cardarse el pelo, de usar complementos y ropajes, digamos especiales, de leer sobre mitología y grandes culturas, de dibujar diseños de ropa, de hacerse sus brochecitos y sus cosiquinas varias. En el fondo no soy tan diferente a aquella pequeña niña… (ala, que ñoño)